Creciendo a la Rivera de Gata

Nunca sabes cuando te va a tocar dar un estirón, oye. Cuando menos te lo esperas, que tu ya te crees que has crecido todo lo que te tocaba crecer, y que ya no se te van a quedar pequeños ni los pantalones, ni las ganas, ni los veranos, ni las copas de helado medianas, ni las camas de dos cuerpos, llegas a un pueblecico a la Rivera de Gata (Cáceres)  a tocar dos canciones, y te vuelves con un palmo más.
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Siempre me siento insegura en el mundo de los cantautores, porque sé lo que soy y sé de lo que carezco. He estado en dos certámenes y me pasa exactamente lo mismo, que de algún modo me siento una impostora, como si en verdad no mereciese estar allí. Y da igual lo que me digan o me diga porque esto es una cuestión del coco-guau! Y ya sabéis que no siempre puedo controlar lo que mi coco ladra. Me siento insegura porque mi técnica es mala, porque soy más vieja, porque mi amígdala activa todos los resortes aprehendidos sobre competir y ganar o perder, porque mierda mierda mierda… Pero sucede que a veces las experiencias se convierten en milagros o pasos hacia la sanación, y lo que comienza como un llanto aburrido de niña gorda que no juega en el patio aplastada por su propia autocompasión, termina siendo un vuelo corto y expansivo, desplegado de alas algo desgastadas e incluso descoloridas, pero gigantes y ligeras. La gorda del colé sale al patio a jugar y vaya que si juega, que termina siendo elegida para los juegos corporativos, en plena igualdad. Porque ser la gorda te hace ser la mejor aguantado la embestida del churro va, y lanzando balones al aire. Sus miradas de viajar, y mis manos de Sol-Do fueron suficientes para recuperar-me de la estupidez tópica de cáncer.

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Porque había un río a mis espaldas, y me lié la manta a la cabeza.
Porque el público rió y me dejé de tonterías.
Porque me tomé un chupito de whisky brindando con un señor eternamente apoyado en una barra.
Porque un hada madrina me dedicó una canción y un flautista casi consigue que una bola de papel levitara en el espacio.
Porque la vida me había puesto allí, en mitad de mi treintena, rodeada de chispas nuevas hechas de la misma humanidad de la que yo estoy hecha.
Porque tocamos hasta el amanecer, porque cantamos para disfrutar en un porche iluminado.
Porque una MUJER con flequillo me decía cosas muy bonitas.
Porque entre nosotros estaban Tontxu y Javier Álvarez.
Porque se mezclaron las generaciones; el miedo a volar y el miedo a descender del vuelo.
Porque nos recibieron en Moraleja como te recibe la familia, y comes que te chupas los dedos.
Porque todo terminó siendo la última noche de un campamento de verano, con los chiquillos borrachos dando golpes a la pared como si no hubiera mañana.

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Gracias a La Mare (el hada), Jappy Fernandez (el flautista), María Ruiz, Maria Peláe, Lena Carrilero, Daniel Guantes, Fran Mariscal… porque una crece donde menos se lo espera.

Karmento
Cantando a la Rivera de Gata
14/06/2016

2 comentarios en “Creciendo a la Rivera de Gata

  1. Cuanto más te conozco más satisfecha me siento de haberme montao en aquel coche poco confortable pero q ha sido de los más productivos de mi vida.
    A tus cualidades ya innatas como la empatia,la listura el sentido del humor y tu voz,me quedo si cabe mas flipada con tu estilo al escribir…lo mismo te montas una oda a la metrorragia q describes un «estirón» con un sentido del humor q no tiene ni Dios.
    Hija,que no te ladre tu coco porq eres la persona más autentica q he concido en mi puñetera vida y tengo ya edad para haber conocido a muchas,jejeje
    Palante Carmen!!! Que esto no ha hecho mas q empezar….

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