De profesión Música

Me daba un poco de pereza elaborar esta reflexión, porque sabéis que en los últimos tiempos prefiero los mantras y las flores, pero a veces hay que contemplar temas más arduos porque si no, como ródanos pasan algunas cuestiones importantes, y siento que esta lo es.

También creo que tiene que ser ahora, porque ahora que se ha amortiguado el miedo, y salimos a la calle a tomar cañas y a olvidar que estuvimos encerrados sin saber que pasaría más allá del hoy, es probable que también olvidemos que durante muchos días el arte y la música han sido el sustento psicoemocional para muchas personas. Que las artistas, los músicos y sus canciones nos han acompañado en momentos de extrema fragilidad para nuestra mente y nuestro corazón, y que estas artistas y músicos también nos encontramos en una situación de extrema fragilidad para mantener nuestros proyectos, y augurarles un futuro. Me gustaría que lo recordáramos, porque además, es mecánica del organismo, hacer olvidar el daño para que antes o después se olvide que alguna vez lo hubo.

La realidad que voy a plantear, comporta una responsabilidad compartida, en la que hay varios agentes implicados, y que se merece al menos una pequeña reflexión. Así que desde mi humilde y propia vivencia, he sentido la responsabilidad y la necesidad de compartir la mía con vosotros. Puede que sea el momento de dar algunos pasos en relación a la consideración y tratamiento de la música como profesión en nuestro país.

Lo primero que me gustaría haceros saber, es que detrás de cada link al que accedes de forma fácil y gratuita a través de las redes; cada canción, cada videoclip, cada material audiovisual, lleva detrás un duro trabajo y una inversión económica, que por fortuna, te ha supuesto unas pérdidas sostenibles durante el ultimo año y que quizás puedas sostener otros dos meses, que por fortuna has podido alargar gracias a moverte entre dos empleos, cada uno de su padre y de su madre, y que probablemente te va a liar el currículum, que por fortuna ha podido ser gracias a un tejido de personas que te han ayudado a subsistir porque te quieren y porque aman lo que haces, y porque entienden que hacer musica es un trabajo valioso y necesario en nuestra sociedad.

Con menos fortuna, durante ese tiempo no has cotizado nada, no hay ningún reflejo en el sistema público de que has trabajado y el derecho al paro es una fantasía, aunque tengas el material publicado fuera y un numero estimable de oyentes disfrutando de tu música; y con menos fortuna todavía, en circunstancias especiales como la que hemos vivido, no tienes mucha idea de cuando vas a poder empezar a rentabilizar tu inversión, o al menos intentarlo, y que cuando eso sea posible, a mucha gente no le va a quedar otra que cobrar en negro…. Y así la pescadilla que se muerde la cola, y ya cada cual que le ponga el nombre que quiera a la pescadilla. Esta es la realidad de muchísimos artistas que deciden apostar por un proyecto de calidad para el público.

La mayoría de artistas musicales nos movemos en un rango de rentabilidad limitado y tremendamente inestable, en un país donde “por amor al arte” es el slogan que representa el valor que tiene este bien para nuestra sociedad, y nuestras instituciones. Esta realidad me empieza a sonar a broma, porque visto lo visto, y analizando el alto grado de valor y de consumo que hacemos de la música en España, creo que es legitimo y realista aspirar a una dignidad tan sencilla como la de hacer música para vivir, que implique que tu supervivencia esté protegida. Hay cabida para los proyectos de calidad y trabajo en nuestro país, es un hecho que la gente ama y consume música ¿como se explica, por lo tanto, esta situación de frágil precariedad para los artistas musicales?

Ahí lanzo una pregunta, y creo sinceramente, que estamos en un momento de oportunidad para plantearnos que tipo de consumidores somos, y cual es el lugar, el valor y el estatus de la música en nuestra vida, y más allá de nosotros, cual debería ser su lugar, su valor y su estatus en el bienestar y desarrollo de nuestra sociedad.

Otra de las cuestiones subyacentes, sobre la que tenemos la responsabilidad de reflexionar: ¿ha de ser la música un bien sometido enteramente a las leyes del mercado? y en ese caso, como se regula?, como se fiscaliza?, como se potencia?, como se impulsa?; y en el otro polo del continuo, ¿ es la música un valor de estado, que forma parte de la identidad y la riqueza de una nación, y por lo tanto ha de ser protegida más allá de su rentabilidad capitalista? En este equilibrio está probablemente la respuesta, y es importante responder, o al menos hacer un amago para responder, porque la forma en la que respondamos a esta pregunta, determinará en gran medida el futuro de la música en nuestra vida individual y colectiva de los próximos años.

Sería terrible vivir sin música, es algo que todos pensamos, pero saquemos esta expresión de la poesía y aterricémosla en el mundo real. ¿sería terrible vivir sin música? ¿y en que medida somos responsables de garantizar su supervivencia, y la supervivencia de los profesionales?

En nuestro país, la mayoría de artistas vivimos de los conciertos y la venta de discos, cada vez menor porque tenemos toda la música accesible y prácticamente gratuita a golpe de link, con la parte de maravilla que eso supone, por supuesto, pero el caso es que trabajamos en un limbo fiscal y administrativo que no parece conocer nuestra realidad ni muestra intenciones de hacerlo (y en esto no me enredo porque da para un articulo entero el análisis de lo que supone no tener un trato especifico y adaptado al sector); movemos un altísimo porcentaje del ocio y las formas de consumo de la población, y el movimiento en torno a nuestro trabajo; salas, festivales, eventos, actos, encuentros, paseos, duchas, cenas románticas, sesiones nocturnas, mañaneos, afterworks, ya sea en directo o a través de plataformas digitales, supone una parte muy significativa y nada romántica de los beneficios económicos de nuestro PIB. La música es un bien, y los bienes necesitan inversión y tienen unos costes, y unas vulnerabilidades, y unas características específicas, que necesitan un abordaje específico.

Durante el confinamiento, el ministro de cultura ha hecho una declaración respecto a la cultura, y fue para decirnos que no éramos prioritarios, y no lo éramos, y fue para decirnos también que muchas gracias por ser sustento contra el miedo, el aburrimiento y la desesperación que suponía el encierro para las personas, y aceptamos con discrepancias, pero también respeto, que llegaría el momento de hablar sobre el asunto. Y a ver si entendemos, que no necesitamos parches en forma de ayudas, que lo que necesitamos es valor, determinación, profundidad, conocimiento, amor y trabajo en la gestión publica de este sector.

Pues no sé, ya me diréis a mi, cuando vamos a empezar a hablar seriamente de todo esto.

25 de Mayo 2020

Karmento

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